Me preguntaron el otro día cómo encontré Chile la última vez
que fui. Respondí con una broma fome[1]:
“Saliendo del aeropuerto a la derecha”. Pero era mi mecanismo de defensa espontáneo
para preguntas demasiado densas que mi mente se demora unas 200 horas en
digerir, como asimilar un cordero entero asado al palo. Soy extremadamente
lenta, tengo demasiados documentos abiertos en mi software cerebral, y me cuesta un mundo activar el “buscador”,
hallar el documento correcto, analizarlo y dar una mínima aproximación sobre lo
que opino. Al menos existe la bendita escritura que me despliega el tiempo
infinitamente, escuchando mis tardías palabras.
Y hoy, tres días después, empecé a redactar mi respuesta
mientras me lavaba los dientes, como si la persona estuviera aun frente a mí.
En todo caso, ese día, después de la broma sin gracia, atiné
a decir algo coherente: “Pero ¿en qué sentido me lo preguntas?” No me especificaron mucho, así que emití algo parecido a “Emmm ¿Bien?”. Mientras tanto, intentaba armar un resumen
flash en mi imaginación de las experiencias en mi país del sur, durante un
viaje de un mes, este pasado mes de Enero: Mi mamá, el aeropuerto, el color de
los cerros, al fin las montañas, la manera de ser de la gente, los paseos por
Valparaíso, Santiago, el Sur[2],
volar sobre el fin del mundo, Puerto Natales, un lago esmeralda como un delirio,
los turistas, la marraqueta, el supermercado, los perros callejeros durmiendo
en todas partes, las monedas de 100 y el billete de 10 lucas[3], mi
abuela en cama, tomar once con mi papá. ¿Que cómo encontré Chile? ¿Se puede saber
cómo está Chile tomando tecito donde mi hermano? Pues supongo que debería leer las pistas, para dar un diagnóstico del estado social y económico en
base a mi breve visita.
En realidad, no podría hacer mucho basándome exclusivamente en esa experiencia, la opinión que tengo no solo se fundamenta en mi
breve viaje con fines familiares y turísticos, gran parte de la información que
manejo la obtengo leyendo mucho en Internet sobre noticias y reflexiones sobre
la realidad política y social de mi país. Y la verdad, la mayoría no son muy
buenas noticias, por lo menos desde mi punto de vista.
Sí, es verdad, dicen que Chile es el país con mayor
estabilidad económica en su región, el cobre por las alturas en los mercados da
inmensas ganancias, grandes empresas de todo el mundo lo ven como un terreno
beneficioso donde invertir. La gente por la calle gasta más dinero, se compran
más autos, más casas, más juguetes de marca, más televisores, más ropa de nueva
temporada. Y a todo eso se le llama crecimiento, y a mí me suena a decir que un
tumor morboso es sinónimo de ser más grandes.
Según estadísticas objetivas Chile es uno de los países con
mayor desigualdad en el mundo. No en Sudamérica, no dentro de los países en vías
de desarrollo. No, del mundo. El uno, deletreo, el u-n-o por ciento de la población más rico
acapara el 30% de los ingresos del país. De 100 personas, una se queda con casi
el tercio de la torta. Ya con eso, las estadísticas de promedio del PIB se
desmoronan.
Es verdad que la pobreza extrema no es tan grande como en
otros países vecinos, pero existe y es un hoyo del cual es casi imposible
salir si se nace allí, con una educación pública de lamentable calidad y por otras realidades
como el tráfico de drogas, un sueldo mínimo obsceno, la delincuencia, una cultura popular cada vez más
decadente y empobrecida (es cosa de hacer zapping), etc.
Y en cuanto a la clase media, sí, compran más por medio de
su gran gama de tarjetas de crédito (platinum, golden, titanium, sulfurum), y
cada vez están más endeudados, con
mayores índices de depresión y obesidad. Muchos, demasiados, viven
obsesionados con el trabajo, la delincuencia, la farándula y su imagen en las
redes sociales. Pero a simple vista parecen más ricos, van a comer sushi, se
dan lujos que sus padres no imaginaban y van de vacaciones en avión (sí, en
avión galla), aunque es un poco frustrante porque ya no es exclusivo…
Es el país capitalista que todos soñábamos, bueno, no todos,
pero sí para los inversores al menos. Poder extraer minerales con unos de los
royalties más bajos del planeta, son invitaciones abiertas a que los
millonarios del mundo nos honren viniendo a extraer las riquezas de la tierra,
bajo la escasa vigilancia de los organismos medioambientales y dejando
prácticamente nada de beneficios al país. ¡Es que somos una nación muy generosa!
Bueno, no sólo con los extranjeros, también somos generosos con 7 familias
millonarias del país, regalándole el derecho casi absoluto de la explotación de
nuestros miles de kilómetros de costa, por medio de la nueva ley de pesca. Hay
quien no entendió la campaña “Dar hasta que duela”.[4]
Supongo que cuando alguien se pregunta cómo está un amigo,
no echa una mirada a la foto de perfil del Facebook, y piensa de que si sale
sonriendo es porque es una persona dichosa y realizada personalmente. Pues lo
mismo deberíamos hacer cuando pensamos en un país. Los titulares del Google
news me avisan siempre alegremente de que Chile presenta números
espectacularmente alentadores, con un crecimiento de nosecuánto porciento y un
desempleo cada vez más bajo. Todos esos buenos números son tan descriptivos del
alma de una sociedad como una foto de perfil con filtro hipster del instagram.
El crecimiento de un país no se resuelve con una mirada tan
superficial y abstracta. Creo que se obtiene preguntándonos cosas que en
realidad no son tan complicadas, pero por alguna razón que no comprendo, no son
los parámetros que se usan para hablar de crecimiento. ¿Son respetados los
derechos básicos? Educación de calidad, oportunidades de vivienda, sueldo
mínimo digno, respeto a los derechos de los trabajadores, salud cubierta,
protección eficiente del medio ambiente, un canal de televisión estatal que no
sea equivalente a un basural en donde la clase intelectual y moral más baja y
despreciable no sea enaltecida como el modelo a seguir y envidiar. Un verdadero
libre mercado, donde las pequeñas y medianas empresas tengan la oportunidad de
ser competitivas y no se permita el monopolio. Una justicia efectiva y
accesible. Un reconocimiento y respeto real a las culturas indígenas, más allá
del maquillaje anecdótico, sino un cambio profundo educativo, cultural y legal
que les de un trato justo, sinceramente, no para la foto. Una legislación para
el trato digno de los animales. Un sistema político abierto y transparente. Una
industria productiva de manufacturación, porque somos capaces de mucho más que sólo
extraer materias primas.
No sé ustedes, pero me parecen criterios bastante más
decidores. Me viene a la mente una frase que decía “Un país desarrollado no es
donde la gente puede comprarse un auto, sino donde la gente puede ir a trabajar
tranquilamente en transporte público o en bicicleta”. Una sociedad más madura
no se gasta todo lo de los bolsillos en la chocolatina de las vitrinas, se
supone que es más consciente, previsora, libre, inteligente y generosa. Sabe que
su futuro depende del bienestar de todos los demás, y evidentemente del cuidado
de la tierra que le alimenta y sostiene. ¿Dónde encuentro este Chile soñado?
Perdóname…otra vez respondí con una pregunta. Intentaré de
nuevo:
En el viaje, encontré una tierra que me identifica, ya que
he vivido casi toda la vida en ella, por lo que siento un aprecio y una
responsabilidad con esa idea simbólica de país que le decimos Chile. La verdad es
que no existe como tal, es una ilusión que se supone nos ayuda a organizarnos y
desplazarnos por la angosta orillita de un continente, y en esa organización
nos ha dado cosas en común que reconocemos y hacemos como propias. Eso a veces
nos reconforta, pensando en que se parece a llegar al hogar de uno, con la
diferencia de que la casa y la familia de uno tienen caras y son concretas.
De todos modos, espero lo mejor para este país, que es el
que más conozco. Y por supuesto me hiere ver la injusticia que cae sobre su
gente, sobre la tierra, cuando conozco su potencial, su lado cálido, su
ternura.
Además no sé a ciencia cierta si son los tiempos que corren,
o es la edad, pero cada vez me encuentro con un Chile que me duele más. Con una
riqueza cultural violentada y vejada, reemplazada cada día más por una cultura
enferma y tóxica para sus habitantes. El dinero que nos debía dar mejor calidad
de vida está arrinconando a la gente con deudas, obsesiones y enfermedades
mentales y físicas. En muchos casos se está volviendo una sociedad más gris,
más insatisfecha, con más miedos.
Un paisaje que se me despliega más espectacular y
sobrecogedor, cada vez que lo recorro, está irremediablemente amenazado a ser
carcomido lentamente, por nuestra avaricia e inconsciencia.
La pena es grande, porque veo claramente que este no es sólo
el estado de las cosas, sino su dirección. Un lento o a veces veloz camino
hacia una devastadora pobreza. No de oro, porque como dijo José Luis Sampedro
“El tiempo no es oro. El oro no vale nada. El tiempo es vida”. Hablamos del peligro
de una pobreza de vital.
Sin embargo, la vida es el contrapunto. Sí, la vida es más
poderosa, diversa e inteligente que la enfermedad. Cuando el avión sobrevuela
la cordillera, los valles, los campos de hielo sur, y las ciudades se ven como
una manchita desde lejos, me doy cuenta que no somos más que pequeños bichitos
jugando a vivir en un pequeño pedazo de tierra. Cuando la naturaleza se
manifiesta con esa magnitud y belleza nos da el precioso regalo de recordarnos
nuestra “pequeñitud”, entonces la pequeñitud no puede sentirse más que agradecida de
tener un lugar, por pura chiripa[5],
en esta majestuosa tierra, a la que osamos con nuestro ridículo orgullo poner
nombres y límites.
Luego, bajando a tierra "firme"(si un temblorcito no decide lo contrario), en la ciudad, en las casas, en
las tiendas, en la plaza, veo vida, y me hace gracia la idiosincrasia
característica que uno reconoce en su pueblo. Me maravillo con las cosas de
siempre, con las travesuras de los niños, con el humor de la gente, con la
sencillez, con los amigos que se sientan a conversar en la cuneta, con la
facilidad para bailar y cierto tipo de libertad que es difícil encontrar en
países más ricos y mesurados. También me sorprendo con los cambios y evolución
de la opinión pública, por ejemplo con la aceptación de la homosexualidad o el
avance en otras materias de libertad personal o derechos humanos. También
pareciera que la polaridad cerrada que dividía a la gente en izquierda y derecha
está bastante más diluida y se han empezado a considerar más factores, haciendo
la discusión política más posible, con menos enemistades presupuestas. La gente,
especialmente los jóvenes están mucho más interesados en la realidad política y
han perdido el miedo de las generaciones anteriores a expresar sus distintas
ideas. Anteriormente dije que me apenaba por la pobreza cultural, y es porque
existe una base tan rica, tan diversa, tan única, que no quiero verla menguar. Pero
a pesar de mis miedos y malos augurios, salgo a la calle y veo gente optimista,
gente más esforzada que la chucha[6], gente
rompedora y original, gente movilizada por sus creencias, o gente que ha
progresado a una situación económica tranquila, personas que por fin gozan de
un mejorado sistema de salud o emprendedores valientes. Me encuentro con mayor conciencia
ecológica que antes, que la gente usa más la bici, que hay medios alternativos
de información. También con proyectos creativos espectaculares y significativos,
la mayoría de las veces, a pesar del bajo presupuesto y a fuerza de trabajo y
creatividad. Veo tesoros humanos únicos, como hay en cada sociedad. Al
encontrarme eso, al bajar del aeropuerto y luego durante un mes viajando, sí,
me sentí reconfortada, esperanzada, con ganas de participar en la construcción
de este país en el borde del mapa. O al menos, desde la distancia alegrarme y
esperar lo mejor y lo soñado para el pueblo que vive entre la cordillera y el
mar.
[1] Aburrido, algo sin gracia. En idioma“Español chileno”
[2]
Para los chilenos que viven en el centro, todo lo que hay para abajo es “El
Sur”. Para mí especialmente desde la Región de los lagos para abajo, cuando la naturaleza se ve más frondosa. Aunque el territorio es tan largo que alguien que es del Sur para mí, puede considerar “Sur” algo
que está mucho más abajo.
[3]
Diez mil pesos chilenos, un billete que equivale aproximadamente 20 dólares.
[4]
Relativo a la campaña de la institución benéfica Hogar de Cristo. Cuyo creador
fue un cura que ayudaba a gente de extreme pobreza y su lema era “Dar hasta que
duela”.
[5]
Suerte